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by • 17 de noviembre del 2017 • Madrid me mataComments (0)635

Cosas que me dijeron los muros de Madrid

Un fragmento de un muro en Leganés

Es difícil caminar por el barrio de Malasaña sin toparte con chicas o chicos posando sobre las paredes del barrio. Fuerzan posturas estéticas que han aprendido de las revistas de moda como si fueran modelos. Se muerden los carrillos por dentro, arquean la espalda y proyectan los ojos hacia el objetivo.

Hace unos años esas mismas paredes, cuyos graffity o locales de ocio hoy sirven de escenario de la fotografía, solían sostener carteles políticos o pintadas reivindicativas ya que, hasta los noventa, Malasaña solía ser uno de los barrios donde se escenificaba el conflicto social en Madrid, entre otras muchas cosas.

En la estampa se concentran muchas aristas de la mercantilización extrema de nuestras sociedades. Que una modelo venda su imagen es normal, es su profesión, lo extraño resulta que escolares, albañiles o u oficinistas adquieran las actitudes de una modelo para aparecer en redes sociales en las que nadie les paga o mandar una foto a sus amigos.

Desde que en los años veinte el tiempo de ocio de la clase trabajadora comenzara a comercializarse masivamente, la mercantilización se ha abierto paso a mordiscos, comiendo más y más esferas de nuestras vidas. Los barrios tienen marcas (Malasaña) y targets. Nosotros y las calles, juntos, conformamos postales.

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Paso cada fin de semana por un gran muro amarillento en Tetuán. Es la pared exterior de un polideportivo municipal (al que llevo a mi hija a natación), y en el aparecen y desaparecen pintadas. Imagino que lo repintan con cierta frecuencia de ese amarillo mostaza-sucio por su carácter público y lo inconveniente de algunos mensajes.

De la pared porosa emergen declaraciones de amor, firmas y muchos mensajes políticos. En no pocas ocasiones se producen auténticas guerras semióticas, propias de la puerta de baño público. Mensajes de un grupo fascista dialogando con otros de grupos antifascistas, por ejemplo.

El muro amarillo recién borrado…y recién pintado

Casi cada fin de semana, desde hace tres años, pienso lo interesante que hubiera resultado haber llevado un registro visual del muro. Pintadas, pintadas pisadas, pintadas contestadas, muro repintado, primera nueva pintada de la nueva vida de la pared…y vuelta a empezar. Suelo pensar, “menuda ocasión perdida”, y dejo pasar la ocasión de fotografiarlo con el móvil para volver a pensar, meses después, “jo, hubiera merecido la pena haber empezado, sigue mutando”. Soy un desastre.

Recientemente, se ha puesto en marcha un proyecto desde alguna instancia del Ayuntamiento, donde están participando vecinos y una academia de arte del barrio, para elegir los motivos con los que se va a decorar el muro. Me resulta interesante pensar que un proyecto valioso, -la participación vecinal y artística me agradan-, entrará en conflicto con la locura comunicativa y la viveza del muro amarillo-feo. No pretendo criticar el proceso sino poner de manifiesto la naturaleza compleja y conflictiva de la calle, de nuevo latiendo en la superficie inerte de un muro.

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Caminando con J. por el barrio, ella suele advertirme a cada paso de las nuevas pintadas llevadas a cabo por un tal Daro. Un auténtico bombardero que tiene tagueado cada rincón del distrito en el que vivo y muchas calles de otros cercanos.

La menor altura de mi hija de siete años hace que pueda ver antes que yo Daros en lugares inverosímiles –bordillos, aristas, filos-. Le gusta fijarse en las ligeras variaciones que va introduciendo en la firma (trazos en la letra O o adornos, realmente toscos), los colores, las técnicas (spray, rotu y ¡hasta ceras!). Daro es un estajanovista de la pintura y J. y yo le hemos cogido cariño. A la calle Francos Rodríguez la llamamos la ruta del Daro y fantaseamos juntos sobre su verdadero nombre, sus motivaciones o, incluso, con su carácter. Nos gustaría mucho conocerle.

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