Poner la voz al servicio del antirracismo

Mañana se celebra en una plaza del distrito de Tetuán un micro abierto –Palabra hablada lo han llamado- que tiene como tema el racismo. La elección no es casual, hace unos meses se instalaron en una calle cercana unos nazis. A pesar de que muchas gentes y colectivos del barrio se unieron para que se marcharan (consiguiéndolo), a menudo vuelven por allí, llevando a cabo sus recogidas de alimentos “sólo para españoles” y agrediendo a vecinos. La presencia de este grupo de nazis viene a visibilizar de manera grosera el racismo cotidiano que supuran los muros de las calles. Calles estas donde hay un porcentaje importantísimo de migrantes. Yo no podré asistir por mis horarios laborales al Palabra hablada de mañana, así que dejo unos párrafos escritos. Si a alguien le apeteciera leerlos allí, por supuesto, suyos son.

Dicen que “las ciudades son libros que se leen con los pies”. No sé a quién le robé ese verso. Como los libros, algunos rincones de las calles merecedoras de tal nombre nos trasladan a otros sitios, nos sincronizan con otros ritmos de respiración. Son ventanas a otros mundos que aparecen y desaparecen cuyo único arcano es la gente.

Mi calle es pequeñita. En mi calle caben un establecimiento paraguayo, dos dominicanos, un ecuatoriano, otro chino, uno filipino, uno de Paraguay, el de argentina, un par españoles… Caminando por mi callecita corta nos encontramos cada día señoras realojadas, que salen al balcón como hace años salían al rellano de su casa baja ; ecuatorianos que parecen mirar Bravo Murillo como si fuera el mar, queriendo ver la silueta de los suyos lejos, dando brincos tras el horizonte; familias okupas de distintos tonos que vienen y van. Hay un viejo español, racista y facha, que nos insulta a todos. Hay un exceso de prudencia con el viejo de los cojones, también.

Mi calle tiene despojos de la burbuja inmobiliaria, un trozo de calle hecho escombros sobre cuya muerte empieza a emerger la vida. Vecinos que hacen chabolitas a los gatos, un señor que siempre se sienta bajo el mismo árbol y una familia de chatarreros que duerme al raso – y ya empieza a hacer frío-. Cada mañana les viene a molestar la policía, cada mañana se asean con agua caliente que les dan en el bar argentino. Les echaron vecinos iracundos de unas casas deshabitadas en otra parte del barrio y ahora se arropan con cuidado en un colchón al raso. Bajo mi ventana. En mi calle un ebanista jubilado sigue trabajando. Cuelga jaulas de canarios en la pared de la calle, da de comer pan a las palomas dentro del taller y las mira mientas apura un botellín. Trabaja la madera y recibe a los viejos vecinos con tertulia amable.

Pero mi calle es sólo el sitio donde vivo últimamente. Y el suelo desde donde mi niña de cinco años ha ido creciendo hasta el metro de estatura, que no es poca cosa. Mi calle son todas las calles en las que me cuelo y me aceptan, todas por las que deambulo y soy capaz de encontrar vida flotando para vampirizarla al paso. Siluetas en las ventanas, carcajadas y llantos que rasgan el ruido monótono de la ciudad ¿Sabíais que las carcajadas y los llantos tienen distintos acentos? No podría jurarlo, pero creo que es así.

No merece la pena pasar si no es pasar leyendo ciudades al paso, recogiendo jirones de brisa de las eses arrastradas o las errrrres mal pronunciadas en cualquier rincón. En cualquier rincón lleno de gente de cualquier sitio y de aquí. Sólo así puedo pensarlo.

Deja un comentario