¿Quién quiere vivir en Zurbano?

Recientemente el New York Times nombró la madrileña calle Zurbano como unas de las doce mejores vías europeas para vivir. Andrew Ferren, el corresponsal del periódico en Europa, destacaba de la calle chamberilana sus “edificios con jardines, flores y azulejos en las fachadas”. Personalmente, la ocurrencia o el gusto de un periodista, por más que escriba en el New York Times, no me interesa demasiado, pero me sorprende que la información sea objeto de noticias en periódicos y noticiarios españoles. Me sorprende también el criterio tan distinto que tenemos dicho periodista y yo sobre lo que es un buen sitio para vivir.

Imagino que la zona que el corresponsal destaca como “espacial” es el tramo que va de Eduardo Dato a Almagro, que es donde abundan los caserones de arquitectura espectacular con jardincitos a los que parece referirse. Se trata esta de una zona donde hay instituciones (el Defensor del Pueblo, el Instituto de la Ingeniería de España), hoteles de lujo (Santo Mauro), algún restaurante pijo y embajadas. Luego, en el tramo hasta llegar a Génova (a la esquina de la sede del Partido Popular), la calle se torna otra, más bulliciosa, con comercios algo más populares, aunque encontramos algún palacete como el Palacio de Zurbano (que hoy pertenece al Ministerio del Interior), y alguna otra institución, como la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España. Esta parte de la calle es otra bien distinta, separada por Almagro y sin un mal paso de cebra que le dé continuidad. En realidad, la incomodidad de la calle es precisamente esa: que está severamente dividida en tramos por grandes vías que la parten (José Abascal, Eduardo Dato y Almagro).

En este tramo difícilmente se puede vivir, habría que explicarle a Andrew Ferren, y de poder hacerlo, tampoco sería –siempre bajo mi óptica- el sitio más emocionante del mundo. El máximo bullicio es el de los niños en hora de recreo en el colegio San Diego y San Vicente, en la esquina con Eduardo Dato. Quizá las campanas de misa de doce de la vecina iglesia de San Fermín de los Navarros, en la misma calle. “Eso es bueno, un lugar tranquilo”, pensarán muchos. Un lugar impersonal, vacío, de transeúntes…una no-calle, diría yo. Bonito para pasear, aburrido para vivir.

Seguramente no es algo que echen en falta los residentes de la zona, pero tampoco encontraremos aquí dotaciones públicas (centros de salud, bibliotecas, centros de mayores…), ni espacios de sociabilidad (un bar en el que poder reír a carcajadas, o un parque público).

Asistimos a la herencia de la ciudad burguesa, nacida en tiempos del Ensanche de Madrid en el XIX, a su parte más burguesa dentro de Chamberí, que fue también zona obrera. Una zona que nace en un momento histórico en que las clases altas y la pujante burguesía metropolitana toman la delantera a la clase obrera en aquello de la conciencia de clase y deciden que, después de las sucesivas revoluciones decimonónicas, lo suyo iba a ser vivir en su propio barrio. Una lógica del encastillamiento que desde entonces ha ido a más y que se reproduce multiplicada en las posteriores urbanizaciones para ricos, con vigilancia privada y barreras de entrada. Una lógica de la desconflictivización que se lee aún hoy en las cercanías de la Castellana.

No hay conflicto en la armonía de las fachadas, no suenan tonos de voz altisonantes, los jubilados llevan pañuelos en el bolsillo de la camisa y portan la mirada altiva, las paredes están convenientemente limpias de arte urbano, los porteros vigilan los portales de enrejado art decó… Hay ecos de la vieja ciudad burguesa desconflictivizada, y sin embargo también los hay de violencia estructural. Porque aún hay mujeres filipinas con cofia paseando perritos  –lo juro-, un solo pobre en la esquina para servir al alivio de la caridad y un montón de coches lujosos en la puerta de los hoteles que te recuerdan que no perteneces a ese lugar.

No es el sitio donde quiero vivir. Llámame loco, Andrew Ferren, dime que tengo espíritu de pobre. Yo no quiero un sitio para pasear, quiero un sitio para deambular.

2 comentarios en “¿Quién quiere vivir en Zurbano?

  1. No me gustaría vivir en la calle Zurbano, pero sí pasear por ella y residir en alguno de sus hoteles de vez en cuando, cuando visito a mi hermana, que vive todavía en Chamberí. Los de Chamberí somos muy castizos: “Y me mato con cualquiera … porgo por caso…Vamos! Digo yo!” así hablábamos, presumiendo.

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