Una política cultural que pase por la Biblioteca Pública de Usera

Cuando publique esta entrada estará a punto de celebrarse el encuentro Cultura y Madrid, reflexiones desde el campo de batalla, organizado por la candidatura a las primarias de Ahora Madrid A por ellos Madrid. Me hubiera gustado asistir, pero mis horarios laborales me lo impiden.

Viendo el lujo de cartel del evento quizá no sea el caso, pero cuando oigo hablar de política cultural, a menudo, sólo alcanzo a escuchar disertaciones sobre industria cultural, creadores, IVA cultural o licencias libres. Suelen ser conversaciones entre creadores culturales, empresarios de las industrias culturales o expertos en licencias libres, precisamente. Personas que hablan como si la política cultural no involucrara al resto de la gente más que como receptores pasivos de la misma.

Sin restarle importancia a estos temas, cuando yo pienso en políticas culturales pienso en las cosas que se hacen y que se podrían hacer en la Biblioteca Pública de Usera. Pienso en talleres de creación, alfabetización digital, debates literarios, en que los vecinos del barrio puedan volver, como antes de los recortes, a leer gratuitamente los éxitos editoriales recientes, pienso en la promoción de jóvenes artistas locales, en el desarrollo de un centro documental comunitario de la memoria del barrio…

Sin duda, mi etapa de mayor realización durante ese tercio de la vida adulta que dedicamos al trabajo asalariado, fueron los dos años que trabajé en una Biblioteca Pública en Usera. Antes, y en la actualidad, he trabajado en bibliotecas universitarias, donde el trabajo tampoco está nada mal. En teoría, mis labores ahora son más sofisticadas, estoy cerca de los investigadores y trabajo con carísimas bases de datos bibliográficas. En una biblioteca pública los elementos con los que uno lidia se resumen casi en el binomio mágico vecinos y libros. Ahora tengo un trabajo interesante, integrado burocráticamente en una comunidad –la universitaria- alejada de la sociedad real. Antes estaba integrado en el centro de la comunidad real: el barrio. Una jodida maravilla.

Una biblioteca en un barrio popular es una institución social amueblada con libros, donde los jubilados se pelean por el periódico, los mendigos se asean por las mañanas, la gente acude a la llamada del aire acondicionado en Agosto y mucha gente te llama por tu nombre.

No se me ocurre mejor sitio que una institución integrada de tal forma en el tejido social de un barrio para desarrollar una política cultural. Ya se hace, y créanme que funciona. Los talleres de lectura tienen largas listas de espera, las actividades juveniles de animación a la lectura son, a veces, un acontecimiento. Lo mismo que los encuentro con autores. Yo mismo coordiné una tertulia de actualidad de interesantísimos resultados. Todo esto funciona…pero todo esto está en peligro de extinción por la merma continuada de los presupuestos. En muchas ocasiones bibliotecarios y voluntarios están ocupando hoy los puestos de la gente que antes se ocupaba profesionalmente de talleres y actividades.

En el barrio de Usera encontré a algunas de las personas más cultas que he conocido. M., que vivía en el Centro de Mayores contiguo y había trabajado en periódicos de primera fila mundial. Algunos de los mejores consejos para la creación de Somos Malasaña me los dio él. J., parado de larga duración, pionero de la programación de ordenadores y hombre de gran erudición y conciencia crítica. A., joven novelista aclamado por la crítica. Se había vuelto al barrio tras quedarse sin un pavo y tener que dejar su apartamento de Malasaña. También encontré sentido común a raudales. El sentido común de la gente humilde que tan poco se parece a ese otro al que tanto se apela hoy en clave política, y que debe sustituir a la ideología. En la biblioteca de Usera, la sección de música clásica era una de las más frecuentadas, por cierto.

También había entonces –no sé hoy, cada año se especulaba con su desaparición- clases de español para extranjeros impartidas por mediadores culturales, un centro de interés con libros para la comunidad china del barrio, puestos de acceso a internet a donde –sobre todo- acudía gente a entrar en infojobs y a chatear con familiares de otros continentes.

Suena bien. Y era maravilloso, a pesar de la escasez creciente, y de una dirección por encima del centro castradora, politizada y burocrática, que actuaba de papel secante del entusiasmo del personal de la biblioteca.

Recientemente, César Rendueles publicó en su blog un artículo a propósito del documento La Cultura que Podemos, que creo tiene cierto encaje con estos anhelos míos de hoy. En el post, Rendueles se fija en las cosas que funcionan: “Lo más parecido que conozco a lo que tendría que ser un centro cultural, un museo de arte o una sala de conciertos es la cancha cochambrosa, la biblioteca y el parque infantil que hay en mi barrio”

En la misma línea, y saliendo de los muros silenciosos de la biblioteca, se me ocurren muchas oportunidades de hacer una política cultural que involucre a la mayor parte de la población. Cuando mis hermanos estudiaban en el conservatorio conocí los conciertos de alumnos y profesores, muy interesantes pero poco publicitados e integrados en el barrio. Es fácil imaginar también una red de salas de ensayo públicas o de cabinas de grabación. Es muy sencillo imaginar templetes en los parques con representaciones teatrales.

La política sobre el libro, los centros de innovación cultural de última hora o las subvenciones, también me parecen asuntos importantes, pero están mucho más representados en los debates que cuelgan del frontispicio cultura que estas otras políticas de las que hoy quería hablar. No sucede lo mismo con otros temas de sumo interés que tienen que ver con la precariedad laboral de los trabajadores culturales. Como a menudo sugiere David García de Aristegui ¿Para cuándo sindicatos en la cultura?

Pero yo hoy quería hablar de la biblio de Usera, ese es mi campo de batalla.

Un comentario en “Una política cultural que pase por la Biblioteca Pública de Usera

  1. Totalmente de acuerdo en la necesidad de crear un sindicato ciudadano relacionado con asuntos culturales, incluso en las candidaturas de ahora madrid, la cultura es un farolillo rojo de luz débil, que enfoca a la industria y a sus artistas. Me sumo a la iniciativa
    Elena Delgado

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