Recordar el barrio: el hurto de la memoria como estrategia de desposesión

Foto de Paloma Sainz | http://www.flickr.com/photos/paloma_sainz/

Habíamos quedado para charlar de eso que suena tan lejano: de la gentrificación. A echar una mano para que la familia que habita legítimamente la casa de Ofelia Nieto 29 no se tenga que marchar (porque les quieren robar la casa). Nuestras palabras poco van a salvar, pero del clima de debate entusiasta que se produjo salieron ideas para plantar batalla.

Ese día se levantaron tormentas en todo Madrid, pero sobre la azotea de la casa de los Gracia González, el cielo se contuvo. Los niños correteaban a la fresca y la familia agasajaba con bebidas y aperitivos al personal.

Fue una tarde – noche preciosa. Trato de poner en limpio las tres ideas que llevaba allí ese día. Otra cosa son las que me llevé.

La memoria urbana del barrio como reivindicación política

Pensando sobre el caso de los Gracia González y su casa en la calle Ofelia Nieto, me daba cuenta de que la memoria es un eje importante en su lucha. No quieren irse porque es su casa, el sitio que han hecho suyo a lo largo de tres generaciones.

Trataba de ordenar en mi cabeza las razones por las que esa memoria era también importante para nosotros. En colectivo. A menudo se apela a la memoria histórica refiriéndose a grandes acontecimientos de nuestra historia (la Guerra Civil Española, que ya ha está costando), pero se obvian las memorias de realidades menos centrales.

Todos somos capaces de distinguir un barrio obrero por su fisionomía: sus casas, sus comercios, las pintadas en sus paredes… son rasgos que somos capaces de identificar. Sin embargo, al compás que los intereses de la economía capitalista borra viejas casas y cambia trazados sin tener en cuenta los intereses de los vecinos, también hurta su memoria y el contacto con esta de los que llegamos nuevos a los barrios.

Las casas bajas, como la de Ofelia nieto, nos recuerdan otro Tetuán hoy en fuga forzosa, son rara avis y asideros de la memoria que nos ponen instintivamente en contacto con la historia de quienes construyeron sucesivamente el barrio. Las nuevas manzanas, levantadas al margen de quien allí vivía antes, en cambio, sitúan nolugares de ladrillo en el lugar que ocupaba un barrio con trayectoria: barriadas que podrían estar en cualquier otro sitio.

Es este un aspecto, el de disciplinación de la memoria del orgullo de barrio (de sus logros colectivos y luchas vecinales pasadas también), que me parece hemos tenido poco en cuenta hasta la fecha.

Salvaguardar ¿qué memoria?

La de un barrio obrero hecho a sí mismo. Cuando el castizo y conservador Madrid emprende en 1860 el camino más allá de las vallas que lo habían constreñido los últimos siglos (la cerca de Felipe V), a la ciudad ya le habían nacido un par de arrabales espontáneos, como hijos no reconocidos (el barrio de Peñuelas y, el más grande, el de Chamberí, en el norte). En torno a estos mismos años nacería, al noroeste, también el barrio de Tetuán. Quienes llegaban a estas barriadas de trazado caprichoso venían a trabajar a Madrid y no podían permitirse los precios de una ciudad con escasez de demanda (son los años de las grandes obras, entre ellas, las del Canal de Isabel II, el ferrocarril y, pronto, el propio Ensanche).

Es decir, Tetuán nace como periferia del suburbio, y fueron sus nuevos habitantes (no faltaron constructores que se lucraron tampoco) quienes levantaron casas y trazados. Es fácil reconocer la identidad común con algunos otros barrios que nacieron en este mismo momento sobre vías de acceso a la ciudad: Hortaleza, Guindalera, Puente de Vallecas, Canillejas, Villaverde…

Esta será una constante en la historia de Tetuán y los barrios más al noroeste como Valdezarza (de urbanización más tardía, incipiente hacia los años 30 del siglo XX), ser un barrio hecho a sí mismo y peleado a la contra por sus gentes.

A Tetuán llegan muy pronto el tranvía (en 1871, tirado por mulas) y el metro (en 1919) porque los obreros que viven aquí tienen que desplazarse para ir a trabajar a la ciudad. Eran las mismas empleadas del hogar y jornaleros que defendieron el frente en la guerra civil, y los antecesores de los vecinos de los tiempos heróicos del movimiento vecinal en los setenta y primeros ochenta.

La cercanía del eje de la Castellana y del centro de la ciudad (a la que pertenece sólo desde el año 48, antes era Chamartín de la Rosa) ha convertido el barrio de Tetuán en objetivo prioritario de la acción gentrificadora que, de la mano de un urbanismo despótico (todo para el vecino pero sin el vecino), ha ido también desdibujando su memoria e identidad.

El capitalismo: ese monstruo devorador de espacio

A la hora de adoptar esta necesaria mirada sobre lo pequeño, conviene no olvidar tampoco que esto que pasa aquí y ahora, en el barrio, está atravesado por las mismas lógicas y amenazas que el resto de paisajes.

La imagen del sistema capitalista como un hámster dando vueltas constantes en su rueda (se la lei a Wallerstein) me ha acompañado siempre. El capitalismo, para reproducirse, no puede parar de producir, y esto afecta también al espacio. Consume siempre más y más espacio para reproducir capitalismo.

David Harvey ha hablado de ello: una de las formas en las que el capitalismo salva sus conocidas crisis de sobreacumulación es comiendo espacio y poniendo la maquinaria de la construcción a funcionar. Si tiene que destruir espacio ya consumido para seguir construyendo –piqueta mediante- lo hará. Así se hizo, en el centro de Madrid primero y luego en los barrios más jóvenes de la periferia, como Tetuán y Valdezarza.

Los Pactos de la Moncloa, en el contexto de la crisis de los setenta, supusieron la puerta abierta a la liberalización masiva – también del suelo-, que continuaría con Boyer en los ochenta. Durante la crisis de los años 93-95 se fraguaron las políticas de liberalización del suelo (más aún) que están en la base de nuestra burbuja inmobiliaria (que afectó por encima de ninguna otra autonomía a Madrid), y de la conversión masiva del suelo en activo financiero.

Nuestra crisis actual apunta, sin embargo, hacia un cambio de ciclo ¿estará agotado el modelo de huir hacia delante construyendo? Mientras la gente se ha empezado a juntar para buscar caminos nuevos, las élites tratan de aclararse acerca del rumbo de su modelo de capitalismo de amiguetes, emperrados en poner en barbecho sus viejas canteras de renta para cuando -calculan- puedan sacarle nuevo rédito. Por otro lado, la actividad económica inherente a la construcción está parada, pero no sus tentáculos políticos. El proceso, como hemos visto, es todo uno y opera en un mismo sentido, el de la desposesión progresiva de las clases populares: de su memoria, su identidad, sus lugares y sus vidas.